Ecos del Grupo Grande de Santander

Concha Oneca y Francisco del Amo

Psicoterapia individual y grupal. Pamplona.

Nos reunimos este año bajo la leyenda de Babel. Una parte importante de la humanidad de la época se concentra en una zona geográfica próxima a la cuenca de los ríos Eúfrates y Tigris. Tienen en común una experiencia traumática. Todos han probado lo que es huir de una catástrofe natural aterradora: aquello que llamaron diluvio y que interpretaron como castigo de los dioses. Seguramente forma parte de un instinto que ya se manifiesta en los cardúmenes de peces, las bandadas de aves y los rebaños de mamíferos. Parece que formar parte de algo más grande nos protege y, quizás en los humanos pueda tener un incentivo adicional de orden espiritual.

Sin embargo, cuando inician un proyecto común, aparece el símbolo de la diversidad de lenguas como impedimento que arruina el proyecto, siendo interpretado como castigo de Dios.

Resulta encantador asistir a las asambleas de los pájaros en los árboles al atardecer. Los egipcios decían que los dioses hablaban la lengua de los pájaros. La lengua de la sabiduría y Toth representado como un ibis fue quien creó un lenguaje por el que pudiéramos acercarnos a esa sabiduría. Un lenguaje que nos permite compartir bajo el Roble sagrado las inquietudes de la tribu. Y no es fácil porque, podemos ver en las alegorías de los alfabetos de los árboles, que cada tribu ha encriptado sus sabidurías para evitar el robo de las mismas y la desactivación, en consecuencia, de sus poderes mágicos o divinos. De esta manera, cada lenguaje dice lo que dice obviamente, más lo que quiere decir, más lo que encubre fuera incluso de la comprensión consciente de quien lo usa. Patrick De Màre decía que había que escuchar la música del grupo y seguramente se refería a algo parecido a aquél murmullo de las hojas de los árboles movidas por la brisa que anunciaba el paso de Merlín con su sabiduría. Entonces había que buscar el roble que pudiera cobijarnos a todos y comenzar nuestra asamblea.

Buscar un roble adecuado es ya un problema. Nosotros lo experimentamos cuando en 1986 tuvimos que ubicar aquél grupo grande del Symposium de Pamplona con Patrick De Màre y lo hemos revivido en cada nueva ocasión en que hemos tenido el privilegio de escuchar a nuestros grupos grandes. Siempre recordamos los minutos que preceden al comienzo del grupo corriendo poniendo y contando sillas. Y esos minutos siempre son menos que los que prevé el programa como espacio entre el final de una actividad y el comienzo del Grupo Grande.
Nosotros hemos organizado y colaborado con la organización de varios de los encuentros de la S.E.P.T.G. y tenemos una idea de lo que supone. Cuando se prevé que se ha de reunir un grupo de tantas personas hay que pensar dónde y cómo hacer para que en el momento de iniciar el grupo esté el espacio disponible y las sillas esperando a los participantes. Y esto tiene una importancia capital a la hora de comprender los contenidos que formarán parte del dialogo que tratará de abrirse paso a continuación.

Por ejemplo, en esta última experiencia, preparando la primera reunión del Grupo Grande, nos encontramos en una carrera frenética por colocar las sillas en un espacio que no era suficiente para todos los inscritos. Concretamente, poniendo las sillas absolutamente encajadas unas con otras y reservando un espacio de puerta mínimo, vimos que, las pusiéramos como las pusiéramos, no cabían las 10 sillas que faltaban. Nos planteamos volver a empezar la ubicación en otro espacio pero ninguno parecía ofrecer mejores condiciones. Por fin decidimos empezar el grupo en esas condiciones y hubo dos contenidos que nunca podremos asegurar que se correspondían al propio devenir del dialogo grupal en la experiencia de grupo grande o a la realidad de su mala ubicación.

El primero fue que alguien saco su teléfono móvil y pareció que fotografiaba o filmaba la sesión, desarrollándose una reacción de protesta por la posible transgresión del principio de confidencialidad que los conductores habíamos solicitado como acuerdo básico del grupo. Bien es verdad que se gestionó en términos de confianza y desconfianza y el grupo lo elaboró pero el hecho es que fuera del grupo, estuvieran o no, había 10 personas a quienes no habíamos podido recibir en el grupo, que tendrían derecho a disponer de la información íntegra de lo que estaba pasando allí.

El segundo ocurrió hacia el final de la sesión. Aparecieron contenidos de inquietud relacionados con sensaciones de opresión y deseos de marcharse. Sí que es cierto que en este tipo de experiencias aparecen estas sensaciones, pero en este caso, cabía dudar si la realidad de la ubicación podría ser suficiente razón para generar una claustrofobia.
Para el siguiente encuentro descubrimos que los tabiques eran móviles y se podía generar una sala de mayor tamaño. Teníamos dos opciones: una sala muy larga y sin columnas y otra más cuadrada pero con columnas por medio. Las columnas eran muy gruesas y amenazaban con complicar la visión global del grupo y su espacio vacío dentro, así que optamos por la sala larga. El resultado fue un óvalo excesivamente largo. No sabemos si las columnas habrían limitado la visión mutua tanto como lo hicieron las dos largas líneas rectas que resultaron, pero el grupo toleró bien la distancia entre los extremos, se corrigieron los problemas de volumen de voz y se generó una rica comunicación.

Para el siguiente encuentro decidimos repetir este formato. Entonces descubrimos que el Hotel tenía un protocolo de actuación escrito que preveía que empleado tenía que estar haciendo qué a qué hora y dónde. Tras la anterior sesión del grupo, La Organización del Symposium había establecido el protocolo con la Dirección del Hotel cosa que fue vital y hubiera sido venturosa si todas las actividades que precedían al grupo grande hubieran terminado a tiempo. No fue así de manera que a la hora de iniciar el grupo faltaban de colocar un buen montón de sillas y los operarios que tenían encomendada la labor ya tenían que estar en otras cosas. Nos confiamos en que faltarían muchos participantes que habrían partido a sus lugares de procedencia y no fue así. El resultado fue que uno de nosotros estuvo ejerciendo de acomodador durante un buen rato acarreando las sillas que no se trasladaron en su momento.

También este hecho generó un artefacto en el proceso grupal, apareciendo la atribución de la incomodidad a la falta de puntualidad de los que iban llegando. Nos parece que fue una buena idea el haber cortado de raíz esto asumiendo que nos equivocamos no colocando todas las sillas previstas.

Hemos querido aportar estos hechos para facilitar la labor de quienes tomen en adelante el cuidado de estos grupos. Se dudaba últimamente del interés de seguir explorando este mundo de los grupos grandes en el marco de nuestros encuentros. La asistencia a las sesiones de grupo grande en Santander ha sido masiva y la participación muy activa y enriquecedora.

Es un tópico de nuestra Sociedad que el grupo grande es una experiencia tremenda que asusta a quienes nos contactan por primera vez. No tenemos esa impresión. Los jóvenes participan muy activamente. Quizás haya que considerar dos factores. Por una parte los jóvenes que nos llegan vienen mejor formados y quizás los adultos tengamos el Narcisismo , como diría Fernando Arroyave, mejor analizado de manera que todos estemos más proclives a compartir y a explorar juntos esta opción de la humanidad. Nuestra experiencia de grupo grande de Santander nos ha parecido derivar en este sentido.

Volvamos a Babel. Cuando la experiencia comunitaria fracasa por la dificultad para entenderse, se mantiene el liderazgo de Nemrod cuyo currículum es el poder. Siempre ha sido así. Y seguimos sin renunciar a la omnipotencia infantil, generando héroes que la personalicen. Pero no olvidemos que las exploraciones arqueológicas que han buscado La Torre De Babel no la han encontrado. Lo que han encontrado son cientos de mastabas de dos o tres pisos en cientos de ciudades de esa época en ese entorno, culminadas por el templo de alguna deidad protectora. Parece que el objetivo de llegar al cielo se sustituyó por entronizar mediadores en el dialogo con los dioses. Estas mismas construcciones han aparecido en muchas culturas de todo el mundo y, en la misma línea, hemos llenado las cumbres de nuestros montes de ermitas de la protectora contra tormentas, Santa Bárbara y del conductor de almas al cielo, San Miguel entre otros mediadores.

Nos deseamos seguir apostando por esta predisposición humana a aprender compartiendo la experiencia y las reflexiones que genera posteriormente. Quizás el Arbol sea un buen símbolo del lugar de reunión y dialogo entre humanos escuchando la algarabía de los dioses hablando la lengua de los pájaros.