EL GRUPO ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

ARTURO EZQUERRO

Psiquiatra. Institute of Group Analysis

Resumen

Este artículo explora la influencia del apego, la lucha por la supervivencia y el modo de encarar la muerte, en el nacimiento de las escuelas de Bion y Foulkes sobre el trabajo grupal y la psicoterapia de grupo. La metodología es la investigación histórica y analítica, desde una perspectiva personal, basada en un abanico de experiencias vitales y de desarrollo profesional con su trasfondo socio-cultural. El trabajo concluye que los modelos propuestos por Bion y Foulkes pueden entenderse desde el enfoque del apego y que, ambos, son propicios y complementarios.

Palabras clave: Bowlby, apego, Bion, mentalidad grupal, Foulkes, matriz grupal, psicoterapia de grupo, muerte, supervivencia.

Introducción

Nosotros somos nosotros mismos y nuestras circunstancias, ¿no es así? Sin embargo, esta simple idea no parece que hubiera sido formulada explícitamente hasta su aparición en el libro Meditaciones del Quijote, escrito en 1914 por José Ortega y Gasset, uno de los más influyentes y carismáticos filósofos españoles del siglo XX.

El libro formó parte de las creativas actividades de la Residencia de Estudiantes de Madrid. No es una publicación cervantista más, sino una adecuada y bella introducción al pensamiento de Ortega, a través de una exploración sugestiva de la milenaria cultura española. El hidalgo manchego representa una amalgama de rasgos del carácter español, forjado y transmitido a través de la compleja y rica historia de un sinfín de generaciones, que Ortega se propone estudiar como una cuestión decisiva para la vida y el inconsciente colectivo de nuestra sociedad.

Nacido en Madrid en 1883, Ortega y Gasset era un adolescente cuando colapsaron los últimos restos del Imperio español en 1898. Fue una muerte simbólica de siglos de orgullo nacional y se convirtió en un aspecto importante de las circunstancias de Ortega.

En aquel año de 1898, nació Siegmund Heinrich Fuchs (‘padre’ del grupo-análisis), en una familia judía acomodada, en la próspera ciudad alemana de Karlsruhe… Pero volvamos a España: algunos políticos españoles, quijotescos e imprudentes, habían decidido enfrentarse en una cruenta y desigual guerra a Estados Unidos, una emergente superpotencia que amenazaba con arrebatar a España la soberanía de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas.

El riojano Práxedes Mateo Sagasta, presidente del gobierno español durante el periodo de aquel conflicto hispano-estadounidense, fue quien dio la orden al almirante de la flota española de seguir el arcaico principio de que ‘más vale honra sin barcos que barcos sin honra’. La desastrosa orden estaba basada en un ideario místico de ‘conquistar o morir’, reflejado en la supuesta estrategia de Hernán Cortés de ‘quemar las naves’ para emprender la conquista del Imperio azteca. Tal ideario sería abrazado después por la Legión española en su grito ¡viva la muerte!

La guerra contra Estados Unidos fue suicida, el resultado fatídico y el coste de vidas incalculable. Muchos jóvenes de la generación de mis bisabuelos fueron enviados a morir durante ese loco conflicto. Nueve décadas más tarde, y unos días antes de que el cáncer lo matara en 1989, mi padre reflexionó sobre aquel trágico y cruel episodio. Con tristeza, compartió conmigo su pensamiento de que tomar decisiones basadas en el orgullo patrio puede llegar a convertirse en un absurdo.

El año que murió mi padre fue también el año en el que cayó el muro de Berlín, un gran logro en la reciente historia de Europa. Desde entonces, paradójicamente, se han erigido nuevos muros de vergüenza y de muerte. Nuestro contexto europeo actual incluye la muerte de miles de personas a orillas del Mediterráneo, como resultado del hundimiento de sus precarias embarcaciones, en su expedición desesperada por la supervivencia.
En esas mismas playas, muchos de nosotros obtenemos con frecuencia un buen bronceado. Ya no quedan ni barcos ni honra.

La muerte de mi padre ocurrió a los pocos meses del comienzo de mi formación como grupo analista en Londres. Malcolm Pines (mi psicoanalista) se mostró cálido y atento conmigo en el grupo; al menos esa era mi percepción, quizás en parte fruto de la intensa transferencia filial que desarrollé hacia él. En un momento de mi duelo, Pines compartió conmigo su aprecio de Ortega por su axioma, ‘Yo soy yo y mi circunstancia’, el cual implica que la noción de una identidad puramente individual es una abstracción (Ortega y Gasset, 1914), como después postularía Foulkes (1964).

En la década de 1950, Pines tuvo su análisis didáctico con Foulkes. A nivel simbólico, en 1989, sentí que me convertía en uno de los nietos analíticos del ‘padre’ del grupo-análisis. Esto acrecentó en mí un sentido de pertenencia que me ayudó a elaborar el duelo por la muerte de mi padre. De una manera sutil, al conectarse con una parte de mis raíces españolas, mi analista me estaba invitando a formar un apego con él en el grupo.
Según Ortega, la ‘circunstancia’ (que incluye la muerte a nuestro alrededor, la conciencia de nuestra propia mortalidad y, a menudo, el deseo de ser inmortal) es lo que nos conecta con una realidad más amplia, con los demás y con el mundo. Y éste es un mundo de relaciones, cuya ruptura puede dar lugar a problemas de ansiedad, de ira y de depresión, algo que explicó con detalle y rigor John Bowlby (1969, 1973, 1980) en su teoría del apego.

Según Bowlby, nuestro mundo interno está construido necesariamente por las representaciones mentales de nuestras interacciones y nuestros vínculos afectivos con otras personas, así como con los lugares donde nacemos y donde vivimos (Ezquerro, 2017a, 2017b). Las vidas individuales sólo pueden ser vidas grupales, una concepción que también está en el centro del pensamiento de Foulkes (1964, 1974).

Estrategias de supervivencia del ‘padre’ del grupo-análisis

Fuchs (Foulkes) fue un niño y un adolescente muy querido y popular, tanto en su familia como en el colegio. Sus relaciones tempranas de apego fueron suficientemente seguras. Era un apasionado del deporte, especialmente del fútbol y el tenis. Pero su felicidad juvenil fue interrumpida por la Primera Guerra Mundial. A los 18 años, lo alistaron en la sección de teléfonos y telégrafos del ejército alemán. Sirvió en Francia en la retaguardia, donde descubrió el poder de la comunicación en la supervivencia humana. Esta idea se convertiría en una de las piedras angulares de su concepción de la psicoterapia grupal (Ezquerro, 2004a).
Después de la guerra, Fuchs realizó su formación psiquiátrica en Berlín y su formación psicoanalítica en Viena. Pero su carrera y su vida familiar se vieron perturbadas por el peligro nazi. Con su primera esposa Erna y sus tres hijos, tuvo que huir del continente europeo a la relativa seguridad de Inglaterra, escapando de una orden de Hitler de entregar su pasaporte en 1933. A su llegada a Londres, cambió su nombre judío-alemán por uno fonéticamente británico, aparentemente para maximizar su supervivencia.

Siegmund Heinrich Fuchs se convirtió oficialmente en ‘S. H. Foulkes’. Además, pidió a su familia y a sus amigos que no utilizaran su auténtico nombre de pila, sino que lo llamasen ‘Michael’. Parecía haber internalizado la necesidad de modificar su identidad, acorde a las nuevas circunstancias. Su disertación para la membresía de la Sociedad Psicoanalítica Británica, dos años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, fue de hecho ‘On Introjection’.
Con el estallido de la guerra, Londres dejó de ser un lugar seguro y Foulkes se trasladó a la ciudad provinciana de Exeter, donde dirigió su primer grupo de terapia en 1940. Este grupo se formó con pacientes que él estaba tratando individualmente. Sentía curiosidad por saber qué tendrían que decirse estos pacientes, unos a otros. En el grupo, escuchaba las palabras con ‘atención libre y flotante’, mientras trataba de ser sensible a cómo se comunicaban dichas palabras. De este modo nació lo que hoy se conoce como psicoterapia grupo-analítica.

En líneas generales, Foulkes (1964) vio su papel terapéutico como el de un conductor y facilitador de la comunicación y la comprensión entre los miembros del grupo. De hecho, hizo hincapié en que lo más importante es el proceso de comunicación, por encima de la mera información que se transmite. Su punto de vista sobre esto se volvió bastante radical y llegó a sugerir que la psicoterapia consiste en mantener vivo el proceso de comunicación y, por ende, se vuelve idéntica al mismo (Schlapobersky, 2016).

En 1943, Foulkes fue movilizado como oficial médico del ejército británico para reemplazar a Wilfred Bion, y dirigir un proyecto terapéutico llamado ‘The Second Northfield Experiment’. Northfield era un hospital militar psiquiátrico cerca de Birmingham. Había sido reorganizado para ayudar al Ejército a identificar qué soldados tenían posibilidades de recuperarse de sus problemas mentales para así volver al Frente, y cuáles debían ser dados de baja por irrecuperables. El diagnóstico habitual utilizado era el de ‘shell shock’ o neurosis de guerra.

Unos meses antes, Bion y su ex-analista (John Rickman) habían sido puestos a cargo del ala de entrenamiento y rehabilitación en dicho hospital y habían establecido el ‘Primer Experimento de Northfield’, en el que introdujeron un régimen de tratamiento radical (Bion & Rickman, 1943). La neurosis era vista como el enemigo; los soldados tenían que aprender a enfrentarse a este enemigo y a desarrollar el coraje necesario para sostener la lucha sin huir.
Parece que Bion y Rickman intentaron que la mayoría de los hombres volvieran al servicio activo, aunque en realidad muchos de ellos necesitasen ser dados de baja en el Ejército.

Por razones no del todo claras, el proyecto murió antes de despegar. Las autoridades militares decidieron cerrarlo después de sólo seis semanas. Sin embargo, Bion y Rickman sentaron las bases teóricas sobre las cuales otros construyeron. Foulkes incorporó a su programa algunas de las ideas de sus predecesores, pero utilizó la psicoterapia de grupo más específicamente para el bienestar emocional de los soldados que para hacerlos regresar a los campos de batalla y de muerte. Su actitud fue tan benigna que a menudo comenzaba las sesiones de terapia diciendo:

«Mientras nos encontremos en este grupo de terapia, no estamos en el Ejército» (citado en Ezquerro, 2004a, p. 203).

Aunque los dos experimentos de Northfield difirieron en ritmo, técnica y efectividad, ambos compartieron muchos conceptos subyacentes, como la responsabilidad social y el uso terapéutico del medio. Es decir, percibían el hospital como un todo y buscaban desarrollar su potencial de curación como comunidad terapéutica (Main, 1946; Bruggen & O’Brian, 1987).

En 1952, Foulkes y su círculo íntimo de colegas crearon la Group Analytic Society. Uno de sus miembros fundadores fue James Anthony, que murió en 2014 a los 98 años y continúa siendo admirado por su fructífera longevidad. Algún tiempo después de haber terminado su análisis con Foulkes, Anthony se convirtió en un destacado psiquiatra infantil y emigró a Estados Unidos. Durante uno de sus viajes a Londres a mediados de la década de 1970, Foulkes le pidió que le hiciera una revisión médica por sus dolores en el pecho.
Anthony (2010) interpretó esto como una ‘extraña inversión’ de la relación médico-paciente, pero estuvo de acuerdo en hacerle dicha revisión. Tras la misma, le recomendó que se sometiera a una investigación médica más completa y que descansara de su trabajo profesional; consejo que, al parecer, Foulkes no siguió.
Al poco tiempo, mientras dirigía una sesión de grupo para sus colegas más cercanos, murió de repente, de una trombosis coronaria. Tenía 77 años. En su obituario, Malcolm Pines (testigo de la muerte de su analista) describió el suceso con sentimiento desgarrado, como Federico García Lorca en su canto a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías: ‘Eran las 7.57 de la tarde, del 8 de julio de 1976, en la habitación 9 del número 88 de Montagu Mansions…’ (Pines, 1977, pp. 68-69).

Por última vez, el ‘padre’ del grupo-análisis hablaba con entusiasmo a sus colegas de sus descubrimientos y de sus convicciones…
Nadie en el grupo sabía que estaba dando su ‘discurso’ de despedida. Foulkes se fue con una frase inacabada, como a menudo había hecho en sus grupos durante toda su vida profesional. Esto permitía a los miembros del grupo pensar cómo podían terminar la frase.

Anthony (2010) también relató que, poco antes de morir, Foulkes le había confesado que quería ser enterrado al lado de su segunda esposa, Kilmeny Graham, fallecida en 1959. Sin embargo, su círculo familiar no lo permitió dado que la consideraban una ‘gentil’, al no tener ascendencia judía. El deseo de Foulkes no se hizo realidad. Sus cenizas descansan en los jardines de Golders Green Crematorium; no lejos de su último hogar y cerca de las cenizas de Sigmund Freud.

Foulkes luchó en las dos guerras mundiales y fue consciente del holocausto perpetrado por los nazis, en el que algunos miembros de su familia fueron asesinados… Pero no escribió abiertamente sobre la muerte, excepto en su último artículo sobre el concepto de resonancia (publicado póstumamente). En ese trabajo, Foulkes (1977) describió a modo de esbozo algunas ideas sobre la muerte después de que un paciente, en uno de sus grupos, le dijera que temía que iba a morir sin haber concluido su obra…

Como clínico, Foulkes fue muy cuidadoso, incluyente y compasivo. Ningún paciente en tratamiento con él se suicidó, lo que en mi opinión es un logro notable. Tal vez, fue menos silencioso sobre el tema de la muerte de lo que muchos de sus críticos hemos supuesto (Ezquerro, 2016). De hecho, había afirmado: “El reconocimiento de las fuerzas autodestructivas y sus agentes nos ayuda a hacernos terapéuticamente más poderosos” (Foulkes, 1964, p. 145).

En este sentido, Elizabeth Foulkes (1990, p. 38), su tercera y última esposa, relató una interesante anécdota sobre la compra que hizo Foulkes de unos tapices que pensaba usar como cortinas en su consultorio. Se trataba de unos tapices con un motivo de la antigua Persia, en el que aparecen soldados capturando, maniatando, golpeando y decapitando a sus prisioneros. El día de la compra, Foulkes había olvidado traer sus gafas y no pudo apreciar los detalles de crueldad y sadismo reflejados en el diseño. Sin embargo, le gustaron los colores y la impresión general de armonía, y se fue a casa feliz con su compra.
Por supuesto, no debemos aplicar esta anécdota literalmente a su teoría sobre la psicoterapia de grupo. Pero a algunos les ha gustado especular que, la ceguera parcial de Foulkes en la tienda, podría interpretarse como una metáfora de su predilección por ver el lado creativo de los grupos y no su lado destructivo.

¿Es posible pensar bajo el fuego enemigo?

Wilfred Bion (1897-1979) nació en Mathura, en el norte de la India, donde su padre trabajaba como ingeniero de alto rango para el Imperio británico en su apogeo. De niño, Bion sintió un miedo reverencial hacia su padre, con quien estableció una relación de apego de carácter predominantemente evitativo. No obstante, se identificó con algunas cualidades de su padre, como la capacidad de liderazgo y el compromiso con el trabajo bien hecho.

Bion formó un apego ansioso con su madre, quien sufría cambios bruscos del estado de ánimo. Por otro lado, sintió celos de su hermana pequeña Edna, con quien desarrolló una feroz rivalidad fraternal. A pesar de las dificultades en sus relaciones tempranas dentro de la familia, sus recuerdos de la primera infancia fueron coloreados por sentimientos cálidos y un sentido de apego a su país de nacimiento (Ezquerro, 2004a).
A la edad de ocho años, sus padres lo enviaron a un internado en Inglaterra donde le costó aclimatarse. Durante más de tres años, no vio a su madre y extrañó mucho el hogar familiar, así como los paisajes montañosos y el clima caluroso de la región de la India donde se crio. Durante el Bachillerato, se asentó y tuvo un buen rendimiento académico. Fue un ávido lector y un apasionado del deporte, sobre todo el rugby. Su fuerza física y su talento deportivo lo ayudaron a sobrevivir.

Bion se unió al ‘British Royal Tank Regiment’ a la edad de 17 años y se convirtió en oficial de brigada a los 19 años. Fue enviado a Francia, donde estuvo en servicio activo hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Esta experiencia, y la reputación que ganó, jugaron un papel importante en el desarrollo de su pensamiento carismático. En aquellos tiempos, la mayoría de las veces, los tanques eran trampas mortales de las cuales sólo sobrevivían unos pocos.

El siguiente episodio, según fue descrito por Eric Trist (1985, pp. 9-10), se convirtió en legendario. En una reunión preparatoria, Bion se opuso a la orden de sus superiores de lanzar un ataque en plena luz del día, porque consideraba que sería suicida. Sugirió atacar al amanecer o al atardecer, con poca luz y con la cobertura de la niebla. El comandante de la división respondió:

«Wilfred, puede que seas uno de mis mejores oficiales pero todavía eres un niño…
Puede que sepas más que yo sobre estas nuevas máquinas, pero sobre las batallas sabes mucho menos. Atacaremos a las 10 en punto de la mañana».

Con gesto pesaroso y malhumorado, Bion se levantó y dijo:
«Mi comandante, como soldado obedezco órdenes y atacaré a las 10 en punto pero, como oficial responsable con personas a mi cargo, tengo derecho a que quede constancia escrita de mi opinión técnica en las actas de esta reunión. Lo que ocurra será su responsabilidad por haber dado la orden».

Todos los tanques fueron destruidos y Bion fue el único superviviente. Muchos años más tarde llegaría a escribir en un trabajo autobiográfico, ‘The Long Week-End’, que su vida había concluido en aquel momento:
«El hecho es que el horror que sentía había llegado a tal punto que ni las mutilaciones ni la muerte misma podrían ser peor. Deseaba que me mataran» (Bion, 1982).

Bion fue galardonado con la Medalla al Servicio Distinguido por su ‘magnífica valentía e iniciativa en una situación muy difícil’. Originalmente había sido propuesto para la condecoración militar más alta, la Cruz de Victoria, pero esta propuesta fue rechazada aparentemente debido a su comportamiento agresivo. Bion criticó e insultó públicamente a sus superiores por ‘desconocer las realidades de la guerra moderna’ (Trist, 1985).

Me pregunto si este comportamiento pudiera haber sido, al menos en parte, una expresión de su duelo no resuelto… Sin embargo, Bion no se dejó abatir, estudió medicina y psiquiatría, buscó ayuda en el psicoanálisis y se unió a la plantilla de la Clínica Tavistock. Tras algunas experiencias terapéuticas insatisfactorias, tuvo un análisis beneficioso con John Rickman hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

En febrero de 1945, Bion se convirtió al mismo tiempo en padre y en viudo. Su esposa Betty murió, aparentemente de septicemia, después de dar a luz a su hija en un asilo de ancianos en Bournemouth, en la costa del sur de Inglaterra. Bion estaba sirviendo en el Frente de Normandía. Quedó profundamente afectado y sintió la necesidad de volver a terapia. A su regreso a la Clínica Tavistock después de la guerra, le pidió a Melanie Klein que lo tratara.

Ella lo aceptó como paciente pero no se conmovió por su dolor. Según Kraemer (2011), para Bion su análisis con Melanie Klein fue una verdadera odisea. Bion llegó a decir sobre Klein que «su insensibilidad rallaba en lo inhumano…»

En 1946, Bion estableció el primer programa de psicoterapia de grupo en la Tavistock. Sin embargo, Melanie Klein se mostró muy crítica con él y le dijo que su interés en los grupos era una distracción que entorpecía su análisis individual. Quizá herido por los comentarios de su analista, Bion (1961) llegó a decir en tono irónico que la idea misma de la terapia grupal le resultaba extraña:
«Me desconcertó descubrir que el Comité Professional de la Clínica Tavistock parecía creer que los pacientes podían curarse en grupos como estos».

Jock Sutherland, director de la Tavistock en aquel momento, contó una anécdota al respecto. Él y Bion estaban hablando en uno de los pasillos de la Clínica cuando, a través de la puerta de uno de los consultorios donde se reunía un grupo terapéutico, escucharon la animada conversación y las risas de los pacientes allí reunidos. Bion le dijo a Sutherland (1985, p. 51):

«Éste es un buen grupo, no como los míos».

En 1952, año en el que Foulkes había creado la Sociedad Grupo Analítica, Bion abandonó por completo su trabajo con grupos de terapia y dejó el servicio en manos de Henry Ezriel. A partir de entonces, Bion dedicó la mayor parte de su trabajo como clínico a tratar individualmente a pacientes psicóticos.

¿Cómo se relacionan las ideas bionianas con las foulkesianas?

En las dos guerras mundiales murieron en masa millones de seres humanos. El calibre de la destrucción y las pérdidas acrecentó la sensibilidad hacia una realidad que no era nueva, pero que hasta entonces no había sido tan explícita: la necesidad del grupo para la supervivencia.

Cuando comparamos los escritos de Bion y de Foulkes, éste pone un mayor énfasis en la solidaridad, la compasión, el humor y la empatía. En uno de sus últimos trabajos, ‘Mi filosofía en la psicoterapia’, Foulkes (1974, p. 280) aglutina varias ideas derivadas de sus más de 40 años de trabajo como psicoanalista y grupo-analista:

«Sin lugar a dudas, necesitamos tener la capacidad de empatía con nuestro prójimo… Esta idea viene de una actitud filosófica que ve las cosas como parte del problema humano en el que todos nos hallamos continuamente involucrados… Tal actitud hará más fácil ver, ambas, la tragedia y la comedia de la existencia humana, y el absurdo de ciertos aspectos. Esta actitud también permite un sentimiento de humor; si lo logramos nos convertiremos no sólo en mejores terapeutas, sino también en mejores personas. De esta manera, nuestro trabajo se hace más interesante, más satisfactorio y más efectivo con nuestros pacientes».
Este pasaje me trae a la memoria una de las diferencias fundamentales entre las escuelas de Bion (1946, 1961) y de Foulkes (1948, 1975). Para el primero, el terapeuta no es un miembro del grupo, pero permanece impasible en las fronteras del mismo, al modo de un psicoanalista al otro lado del diván. Para el segundo, el terapeuta tiene permiso para mostrarse como es, espontáneamente, en el grupo (Ezquerro, 2004b).
En los seminarios durante mi formación en la Clínica Tavistock, oí comentar repetidas veces que Henry Ezriel, el principal seguidor de Bion respecto a la psicoterapia de grupo, había afirmado que ésta tiene éxito cuando logra cambiar a todos los participantes menos al terapeuta. Por el contrario, en la teoría que hube de aprender durante mi formación en el Instituto de Grupo Análisis, el conductor forma parte del grupo y como tal es susceptible de cambiar, como terapeuta y como persona (Ezquerro, 1996a, 1996b).
Bion no escribió directamente sobre la empatía aunque sí se refirió a la compasión. En Cogitations, una compilación de sus máximas publicada varios años después de su muerte, Bion (1992, p. 125) invoca la reciprocidad como una cualidad esencial en las relaciones humanas maduras, incluyendo las relaciones grupales, y afirma:

«La compasión es un sentimiento que el ser humano necesita expresar. Es un impulso del que necesita tener experiencia en sus sentimientos hacia los demás. Igualmente la compasión es algo que el ser humano necesita sentir en los sentimientos de los demás hacia él”.
Estas citas nos enseñan que también hay suficientes puntos de encuentro entre Bion y Foulkes, a pesar de la aparente disparidad de las escuelas por ellos creadas.

En líneas generales, Bion estuvo más interesado en el conocimiento como observación intelectual y en el estudio de los mecanismos destructivos inconscientes, mientras que Foulkes dio prioridad al conocimiento como encuentro emocional y al estudio de la cooperación y la solidaridad en el grupo. De este modo, sus pacientes podían sentirse suficientemente seguros en el abordaje de sus problemas más ignominiosos, sin experimentar sensaciones demasiado persecutorias o perturbadoras.

Por su parte, el método bioniano ha sido especialmente útil en el estudio de los conflictos intergrupales, donde las defensas primitivas de escisión y de proyección son más obvias. Hay una tendencia a polarizar conflictos étnicos, políticos o religiosos, donde un grupo ve la similitud en sus miembros negando las diferencias, al tiempo que ve las diferencias con otros grupos negando las similitudes.
De esta manera se crean situaciones polarizadas de todo o nada, en las que un colectivo siente una cohesión dogmática interna al tiempo que percibe al otro como algo ajeno y amenazante. En estos casos, las ideas de Bion pueden ayudar a entender los procesos más destructivos donde nos enfrentamos a ansiedades de aniquilación; a situaciones de vida o muerte, tanto física como psicológica.

Las experiencias de Bion (1997) en la Gran Guerra le sumergieron en los horrores de encarar la muerte en la primera línea del frente de batalla, lo que resultó muy traumático para él. Pero sobrevivió el estrés bélico y aprendió a explorar el lado oculto y potencialmente destructivo del grupo; nunca dejó de tener presente el miedo a la aniquilación. En contraste con ello, Foulkes sirvió en la retaguardia durante la Gran Guerra y, en su trabajo como telefonista y telegrafista, aprendió que la comunicación transmitida a personas en peligro es un arma poderosa de cara a la supervivencia.

Bion llegó a afirmar que el grupo es esencial para que el hombre pueda realizar una vida plena. Sin embargo, postuló la existencia de una ‘mentalidad grupal’ que describió como un reservorio inconsciente adonde irían a parar todas las contribuciones anónimas y renegadas que hacen los miembros del grupo. Advirtió que dicha mentalidad grupal interfiere con la capacidad del grupo para responder a las necesidades individuales de sus miembros. De este modo concibió al ser humano como un animal grupal que está en ‘guerra’ con su grupalidad (Ezquerro, 1996a, 1998b).

Según Bion (1961), la mentalidad grupal es la expresión unánime de la voluntad del grupo y constituye un mecanismo de intercomunicación diseñado para asegurar que la vida del grupo marche de acuerdo con los supuestos básicos. Para Bion, el individuo siente que, dentro del grupo, el bienestar individual es un asunto de consideración secundaria. El grupo está primero y, en su huida, al individuo se le deja de lado; la necesidad fundamental es la supervivencia del grupo, no la del individuo.

El pesimismo de Bion se entiende mejor en el contexto de su vida. A los 8 años perdió a su grupo familiar y nunca se adaptó emocionalmente al grupo escolar del internado. Cuando anhelaba formar su propia familia sufrió el doloroso revés de la muerte de su mujer (Kraemer, 2015).

Por su parte, Foulkes tuvo vínculos más estables y estrechos con su familia durante la infancia y la adolescencia. Se sintió protegido por el grupo familiar, lo que contribuyó a su popularidad en el colegio donde disfrutó de pertenecer a un grupo paritario. En contraste con el matiz peyorativo de la mentalidad grupal de Bion, la actitud de Foulkes promueve el proceso de construir y organizar lo que él denominó ‘matriz grupal’ (Ezquerro, 2004a).

Así concebida, la matriz grupal abarca una empatía y una comprensión más altruistas, además de esos otros aspectos desechados, renegados o destructivos que los miembros proyectan en el grupo. En contraste con la mentalidad grupal, la matriz grupo-analítica no está en guerra con el individuo. La amplia gama de respuestas negativas y positivas generadas en un grupo que funciona satisfactoriamente, más bien realza que disminuye el crecimiento personal.
Para extraer hipótesis o sacar conclusiones, Bion se concentró sobre todo en el uso de la contra-transferencia y la modificación de las proyecciones negativas lanzadas por sus pacientes. Su grupo terapéutico pasó a ser ‘grupo-tarea’ o ‘grupo de trabajo’. El nuevo modelo se ha aplicado con éxito en organizaciones y encuentros entre profesionales que pueden tolerar mejor los niveles de frustración y de regresión por él generados (Ezquerro, 1998a, 1998b).

Por su lado, al tener en cuenta una mayor variedad de factores terapéuticos grupales, Foulkes ofreció una perspectiva multi-dimensional. En su modelo, el grupo-analista acepta su situación transicional de líder para modificarla posteriormente; evoluciona de ser el líder ‘del’ grupo a convertirse en un líder ‘en el’ grupo. Con su actitud, estableció las condiciones necesarias para que los miembros llegasen a formar un ‘grupo de co-terapeutas’.

Conclusión

Las historias de apego de Bion y de Foulkes, así como sus propias circunstancias en situaciones de guerra y de muerte, modelaron su concepción del grupo humano y su valor terapéutico. Desde mi punto de vista, y desde mi experiencia de formación y trabajo en las dos escuelas por ellos creadas, los dos modelos propuestos por Bion y Foulkes expresan aspectos distintos de una misma realidad. Por ello, ambos son propicios e incluso complementarios.

Por un lado, Bion nos abre los ojos a las ansiedades más primitivas y a las fuerzas destructivas presentes en todos nosotros. Por otro lado, la actitud de Foulkes añade, en mi opinión, una dimensión socializadora y humanista que la hace más asequible como terapia.

Nota: Una versión de este trabajo fue presentada en el Congreso de la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapia (FEAP), el 11 de Noviembre 2017, Madrid.

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