EL PODER DEL APEGO AL GRUPO

ARTURO EZQUERRO

Psiquiatra. Institute of Group Analysis

Resumen

Este artículo explora la correlación entre el apego y el grupo de cara a la supervivencia y a la creatividad del ser humano. Plantea que el nacimiento de la teoría del apego fue el resultado de una compleja dinámica y un fructífero trabajo grupal en la vida y la obra de John Bowlby. Para ello, el presente estudio se basa en un análisis histórico del apego de Bowlby a diversos grupos, incluido el psicoanalítico, que influyeron en la formación de su pensamiento. El artículo estudia también un ejemplo único de apego grupal que tuvo lugar como una estrategia desesperada de supervivencia, para seis niños que no pudieron establecer con anterioridad un apego con ningún adulto, en las trágicas circunstancias del holocausto durante la Segunda Guerra Mundial. El artículo concluye que el instinto de apego es la base de nuestra sociabilidad y grupalidad, y que el apego al grupo es esencial para sobrevivir y crecer como personas.

Palabras clave: teoría del apego, Bowlby, Sociedad Psicoanalítica Británica, holocausto, supervivencia, apego al grupo.

Introducción

John Bowlby (1907-1990) está considerado como el ‘padre’ de la teoría del apego, dado que fue la primera persona en formularla con rigor científico y clínico. Sin embargo, en este estudio me gustaría demostrar que en realidad esta teoría fue creada por el ‘grupo’. Asimismo, voy a explorar cómo el apego, además de ser un poderoso sustrato instintivo de los vínculos afectivos y de las relaciones íntimas, es la semilla de nuestra sociabilidad y grupalidad. Sin apego no hay grupo, y sin grupo el ser humano no podría existir.

La naturaleza de las relaciones de apego al grupo ha recibido escasa atención en la literatura especializada, algo que contrasta con el imprescindible valor del grupo en la génesis, la evolución, la supervivencia y la creatividad de la especie humana. Adoptar un pensamiento grupal desde una perspectiva del apego, que es lo que propongo, significa partir del ‘individuo como grupo’ (Ezquerro & Cañete, 2012; Ezquerro, 2017b).

El individuo o sujeto es un emergente del grupo humano. Nicolás Caparrós (2004) lo plantea de modo radical: ‘el grupo creó al hombre’, a la humanidad. Ahora bien, ¿qué es el grupo humano?

Desde la perspectiva de las teorías de Darwin sobre la evolución y de Bowlby sobre el apego, podemos decir que el grupo es una estructura adaptativa, propia del nivel de integración social. El grupo humano evolucionó y adquirió aspectos distintivos que lo diferenciaron de otros grupos de primates. El bipedalismo, la capacidad tecnológica, la expansión cerebral y el desarrollo de la comunicación a través del lenguaje articulado confieren al grupo humano unas características únicas, que lo diferencian de otras especies.

En los humanos, es incuestionable la necesidad evolutiva del apego y del grupo, así como del apego al grupo. Bowlby fue, sin duda, una persona de grupo (Ezquerro, 2015). Concibió la mente humana como un fenómeno social y colaboró ​​con otros a lo largo de su vida. Su creatividad floreció gracias al apego que estableció con diversos grupos científicos y clínicos a los que perteneció. Su trabajo grupal le ayudó a crecer como una persona de mente abierta que mostró cierto escepticismo hacia las teorías, incluyendo la suya.

El apego: tragedia y belleza del ser humano

Bowlby formuló el apego como un instinto y como una relación. Como instinto, está profundamente enraizado en la biología evolutiva y en la etología. Sin embargo, los instintos no son entidades que existan aisladamente. Sería más apropiado hablar de un sustrato instintivo que está interactuando constantemente con su entorno, lo cual implica una relación.

Desde el prisma relacional, Bowlby estudió el apego a partir del pensamiento psicoanalítico, así como de sus propias experiencias e investigaciones clínicas. Lo concibió como un sistema de doble recorrido, que incluye dos variables fundamentales según las circunstancias. Por un lado, el apego se puede manifestar como la búsqueda de cercanía ‘hacia’ una persona o grupo, que se constituye en una ‘base segura’, (Ainsworth, 1969). Por otro lado, el apego puede manifestarse como la exploración ‘desde’ dicha base.

La conducta de búsqueda de cercanía es obvia en situaciones de necesidad, estrés, peligro o amenaza a nuestra supervivencia. Pero el apego sano o seguro, en su sentido más amplio, implica además el desarrollo de la capacidad para regular la distancia, tanto física como emocional:

“un equilibrio entre la cercanía a la base y la libertad para explorar” (Ezquerro, 2017a, p. 67).

En este sentido, en 1846 (61 años antes de que Bowlby naciera), Soren Kierkegaard (‘padre’ del existencialismo) escribió un bello poema sobre lo que sin duda es un fiel reflejo de una temprana relación de apego emocionalmente seguro (citado en Sroufe, 1979, p. 462):

“La madre amorosa enseña a su hijo a caminar solo.
Está lo suficientemente lejos de él, pero extiende sus brazos hacia él e imita sus movimientos para que el niño pueda creer que no está caminando solo…
Y, sin embargo, ella hace mucho más: su cara se ilumina como una recompensa, un estímulo.
De este modo, el niño camina solo con sus ojos fijos en el rostro de su madre, no en las dificultades del camino…
Se apoya a sí mismo gracias a los brazos de la madre, que en realidad no lo sostienen…
Y constantemente se esfuerza en avanzar hacia el refugio del abrazo maternal…
Sin suponer que en el mismo momento en que está haciendo hincapié en necesitarla…
Ya está caminando solo”.

En contraste con la belleza de este relato poético de Kierkegaard, para el budismo, el apego es el origen del sufrimiento humano. Por ello, desde la perspectiva de dicha filosofía oriental de la existencia humana, se fomenta el desapego, el desprendimiento. Creo que esto también tiene sentido y es compatible con la filosofía occidental de la que se nutrió Bowlby.

Hay un apego ansioso, patológico (como en las adicciones, en la avaricia, etc.) que indudablemente implica sufrimiento. Pero también en el apego sano hay sufrimiento. De hecho, todas las relaciones de apego van a generar ansiedad y dolor en algún momento. Esto puede ocurrir por culpa de separaciones y rupturas con diverso gradiente traumático.

En cualquier caso, la ruptura de las relaciones de apego va a ocurrir siempre, antes o después. En última instancia, a consecuencia de la muerte de seres queridos. En una conferencia que organicé en Londres, el 5 de Diciembre 2015, para conmemorar el 25 aniversario de la muerte de John Bowlby, Colin Murray Parkes (discípulo de Bowlby que se especializó en el estudio del duelo humano) llegó a decir:

“El dolor es el precio que pagamos por el amor”.

El apego al grupo en la vida profesional de John Bowlby.

El joven Bowlby tuvo dos ídolos: Charles Darwin y Sigmund Freud. Por un lado, durante sus estudios universitarios en el Trinity College de Cambridge, formó parte de un grupo de estudiantes y tutores con quienes se nutrió ampliamente de la teoría de la evolución, algo que posteriormente contribuiría a darle un soporte científico a sus formulaciones teóricas (Ezquerro, 2017a). Por otro lado, tuvo una compleja relación de apego al grupo donde hizo su formación como psicoanalista: la Sociedad Psicoanalítica Británica.

Bowlby fue un ávido lector de las teorías de Freud, de Melanie Klein y de otros psicoanalistas destacados de la época. Sintió especial curiosidad por entender lo que Freud (1905) quiso decir sobre el apego en sus ‘Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad’, en los que se refirió a la presencia en los bebés y en los niños pequeños de un ‘instinto de agarre’, una especie de extensión del ‘reflejo de prensión’, a través del cual el niño intenta agarrarse a la madre o a otra persona cercana.

Freud estaba intentando conciliar sus observaciones sobre el apego con su naciente teoría de la sexualidad infantil. Inicialmente, postuló que este impulso de apego del niño era secundario a que la madre diese satisfacción a las necesidades infantiles, tanto sensuales como fisiológicas o de alimento. Sin embargo, Freud no estaba del todo satisfecho con sus postulados y en 1925 escribió:

“No hay necesidad más urgente en psicología que la de una teoría de los instintos con un fundamento seguro, sobre el que sea posible continuar construyendo. Ninguna teoría de esta clase existe todavía” (citado en Bowlby, 1969, p. 37).

En 1931, Freud llegó a confesar su creciente inquietud:
“Todo lo que está en la esfera de este primer vínculo con la madre me resulta demasiado difícil de captar en el análisis” (citado en Bowlby, 1969, p. 37).

Y unos meses antes de morir, Freud (1938) declaró que el vínculo materno-filial era:
“único, sin igual, de permanencia inalterable toda una vida, como el primero y más fuerte objeto de amor y el prototipo de todas las futuras relaciones amorosas, para los dos sexos” (citado en Bowlby, 1958, p. 369).

Bowlby estaba muy comprometido con el psicoanálisis y quería contribuir a dar un cariz más científico a las ideas de Freud con vistas a contribuir al crecimiento del grupo psicoanalítico. No fue fácil. Durante casi diez años en la década de 1930, Bowlby estuvo en análisis didáctico con Joan Riviere, una de las fieles seguidoras de Melanie Klein. Esta última fue su supervisora y puso el énfasis en el análisis de las fantasías inconscientes, dejando de lado los acontecimientos reales de la vida. Ambas fueron muy críticas cuando Bowlby presentó su teoría del apego en 1957, e intentaron expulsarlo de la comunidad psicoanalítica.

Sin embargo, en el prólogo de ‘Apego’ (el primer volumen de la trilogía sobre ‘El apego y la pérdida’), Bowlby (1969, p. xvii) mostró su agradecimiento a Joan Riviere y a Melanie Klein, a pesar del rechazo que había sufrido por parte de ellas:

“Estoy en deuda especialmente con mi analista Joan Riviere y con Melanie Klein, quien fue una de mis supervisoras. Aunque mis puntos de vista difieren mucho de los de ellas, continúo profundamente agradecido a ambas por introducirme en el enfoque psicoanalítico de las relaciones de objeto, con su énfasis en las relaciones tempranas y el potencial patógeno de la pérdida”.

A mediados de la década de 1930 comenzó una batalla ideológica y política entre los seguidores de Sigmund Freud (freudianos) y los seguidores de Melanie Klein (kleinianos), que duró hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Edward Glover, director del programa científico de la Sociedad Psicoanalítica Británica, se opuso cada vez más a las innovaciones y a la influencia de Melanie Klein. De hecho, Glover dimitió en 1944 y describió las teorías de Klein sobre psicología infantil como un ‘sistema bio-religioso’ que depende de la fe en lugar de la ciencia, como en la doctrina del pecado original (Glover, 1966).

Sin embargo, daba la impresión de que las dificultades tenían más su raíz en las personalidades de los contendientes y en la lucha por el poder que en los desacuerdos teóricos. Melitta Schmideberg (psicoanalista e hija de Melanie Klein) luchó abiertamente contra su madre. De niña, Schmideberg había tenido como psicoterapeuta a su propia madre (algo que sería impensable que ocurriese hoy en día) y, en su etapa de formación psicoanalítica, tuvo a Edward Glover como analista didáctico. Madre e hija jamás se reconciliaron. Cuando su madre murió, Schmideberg decidió no ir a su funeral.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Bowlby estableció intensas relaciones de apego con un grupo de profesionales de la Clínica Tavistock con quienes trabajó. A pesar de su brutal destructividad, la guerra le proporcionó una profunda experiencia de amistad y apego con los compañeros junto a quienes luchó. Este grupo Tavistock de aquellos años fue conocido como el ‘colegio invisible’.

Se le describió como una comunidad colegial, en la que todos los miembros colaboraron para maximizar la supervivencia durante la contienda, y para aprender modos efectivos de ayudar psicológicamente a una sociedad traumatizada. El grupo jugó un papel importante en la reorganización de la Clínica Tavistock después de la guerra. En una entrevista a la edad de 70, Bowlby recordó este periodo con afecto:

“Éramos un grupo unido; la Clínica Tavistock nos sirvió de ancla. Teníamos claro que era importante aunar la experiencia de los que habían trabajado en la Tavistock antes de la guerra con la de aquellos de nosotros que no habíamos estado en la Tavistock, pero que ahora formábamos parte del grupo.
Queríamos desarrollar iniciativas que fuesen útiles para una renovada Tavistock de posguerra” (citado en Van Dijken, 1998, p. 130).

Además de Bowlby, el grupo incluía entre otros a John Rees, Ronald Hargreaves, Wilfred Bion, John Rickman, Jock Sutherland, Harold Bridger, Eric Trist y Henry Dicks. Todos ellos defendieron los principios democráticos de la justicia social, la igualdad de oportunidades y el apoyo a los más vulnerables. Estos principios contribuyeron a la creación de una “nueva psiquiatría dinámica y social” (Dicks, 1970, p. 115).

La Clínica Tavistock se convirtió en la base profesional de Bowlby desde 1940 hasta su muerte en 1990. En 1946, en competición con Donald Winnicott, Bowlby fue nombrado director del Departamento de Niños. Enseguida lo rebautizó como ‘Departamento de Niños y Padres’, para dejar claro que no se puede estudiar al niño de manera aislada, sino como parte de una constelación de figuras de apego a su alrededor. Hay un apego primario con los padres que se va extendiendo al grupo familiar, a maestros y amigos, y a otros grupos como la escuela o el colegio. En circunstancias óptimas, el niño adquiere un sentimiento de pertenencia al grupo, a la comunidad.

En su departamento de la Clínica Tavistock, Bowlby utilizó su autoridad y su estatus de modo creativo. En 1946, estableció una Unidad de Investigación sobre los efectos de la separación en la infancia. Este grupo de colegas comprometidos jugó un papel importante en la validación de las hipótesis de Bowlby sobre el apego humano. Aquí trabajó Mary Ainsworth, que contribuyó ampliamente al desarrollo de la teoría del apego y propuso el concepto de ‘base segura’. Sin embargo, a medida que Bowlby iba desarrollando su pensamiento independiente, sus colegas de la Sociedad Psicoanalítica Británica (sobre todo los kleinianos), no le permitieron tener influencia política.

En 1944, el año de la dimisión de Edward Glover, el grupo grande dicha sociedad psicoanalítica se había escindido. Se constituyeron tres subgrupos: el freudiano, el kleiniano, y el independiente, al que perteneció Bowlby.

Este último grupo se nutrió de la escuela de psicoanálisis húngara, particularmente de Sandor Ferenczi (1932), quien postuló que la sociabilidad humana, el ansia de compañía, la necesidad de amar y de ser amado, y de relacionarse armónicamente, son pulsiones tan primarias como la sexualidad misma. Estas ideas inspiraron en primera instancia al psicoanalista escocés Ian Suttie, que tuvo una gran influencia en la Clínica Tavistock de la preguerra y es considerado como predecesor del grupo independiente del psicoanálisis británico, en el que dejó una huella substancial.

En su libro ‘Los orígenes del amor y del odio’, Suttie (1935) destacó que el anhelo del niño por la madre es un instinto de supervivencia, dado que una de las principales funciones maternales es la de protección. Para Suttie, el odio no es algo innato o un instinto independiente, sino una reacción ante el miedo o amenaza de perder el amor maternal. Muchos de sus conceptos son similares a las ideas y formulaciones que Bowlby desarrolló más tarde. Pero aún quedaba un largo camino por recorrer.

En los años posteriores a la prematura muerte de Suttie (a los 46 años), otros psicoanalistas del grupo independiente aportaron sus propias observaciones de la interacción entre la madre y el niño. Dentro de este grupo, cabe destacar a Michael Balint, Ronald Fairbairn, Donald Winnicott y Harry Guntrip, con quienes Bowlby tuvo una estrecha relación. Estos autores se fueron distanciando progresivamente de los puntos de vista freudianos y kleinianos sobre el desarrollo infantil. Incluso Anna Freud evolucionó y dejó atrás el énfasis de su padre en los impulsos libidinales, para concentrarse en la provisión más directa de los cuidados maternales.

En Estados Unidos, Bowlby mantuvo un diálogo intelectual con un grupo de psicoanalistas relacionales como Margaret Ribble, René Spitz, Teresa Benedeck, Erik Erikson y Harry Stack Sullivan. Este último, hijo de emigrantes irlandeses, afirmó que los bebés nacen con una necesidad primaria de cercanía con la madre y de otras relaciones humanas: básicamente, un instinto social (Sullivan, 1953). Además, introdujo el término ‘significant other’ (que puede ser traducido como una importante figura de apego), concibió al ser humano como parte de una constelación de relaciones, y estudió la mente como un fenómeno grupal.

En resumen, la idea del apego se había estado gestando durante mucho tiempo. Pero nadie, con anterioridad a Bowlby, supo plasmar algo tan básico y obvio en una teoría sólidamente construida y validada científicamente. ¿Cómo pudo conseguirlo?

Indudablemente, Bowlby se benefició en gran medida del pensamiento de colegas que pertenecían a los grupos menos dogmáticos del psicoanálisis. También se benefició de su colaboración con grupos de profesionales pertenecientes a otras disciplinas (como la psicología del desarrollo, la biología evolutiva, la etología y la cibernética). Entre 1953 y 1956, tomó parte activa en un grupo de estudio formado por expertos de renombre mundial sobre ‘La psicobiología del niño’. Estos científicos se reunieron mensualmente en la sede de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra. El grupo estaba integrado por Ludwig von Bertalanffy, Julian Huxley, Erik Erikson, Jean Piaget, Margaret Mead, Konrad Lorenz, James Tanner y Barbel Inhelder, entre otros.

Con vistas a ahondar en los hallazgos del grupo de la OMS, Bowlby creó en 1954 un seminario multidisciplinar que incluyó al prestigioso etólogo Robert Hinde. Este nuevo grupo se reunió en la Clínica Tavistock con frecuencia semanal (Ezquerro, 2017b). Como fruto de este trabajo de grupo continuado, Bowlby decidió dar un paso al frente y presentó en público los conceptos precursores de su teoría del apego: ‘The nature of the child’s tie to his mother’ (La naturaleza del vínculo materno-infantil). Esto tuvo lugar en una reunión científica organizada por la Sociedad Psicoanalítica Británica, el 19 de junio de 1957.

Bowlby dejó claro que el apego es un sistema de doble recorrido que incluye estímulos y respuestas que se influyen mutuamente, tanto a nivel externo como intra-psíquico. El componente psicológico fue una parte importante de su presentación sobre el concepto del apego. Bowlby (1958, p. 371) reconoció que el término había sido utilizado por Freud y otros autores pero, en contraste con ellos, dio al apego un estatus primario emancipado de otros instintos:

“El apego y el desapego psicológicos deben ser considerados como funciones en su propio derecho, separadas de la satisfacción de las necesidades fisiológicas… Estas funciones son independientes de las necesidades de placer sensual y de alimento”.

Bowlby fue ‘excomulgado’ de la Sociedad Psicoanalítica Británica, grupo al que se sentía muy apegado. Anna Freud mantuvo una distancia cautelosa respecto a sus planteamientos teóricos. Sin embargo, apeló al sentido común para que no se rompiera su vínculo con el grupo, afirmando que Bowlby era una persona muy valiosa y que el psicoanálisis no debería perderlo. Bowlby continuó siendo miembro de la Sociedad Psicoanalítica Británica hasta su muerte, pero su sentido de apego con este grupo se vio seriamente afectado y tuvo necesidad de establecer apegos con otros grupos.

Con el ánimo de respirar aire fresco y de que no se acrecentara el conflicto, Bowlby decidió tomarse un año sabático. Fue el curso académico 1957-1958, durante el que trabajó en el Centro de Estudios Avanzados en las Ciencias del Comportamiento (CASBS) en Palo Alto, California.

Allí, Bowlby escribió otros dos trabajos: ‘La ansiedad de separación’ (Bowlby, 1960a) y ‘La aflicción y el duelo en la infancia’ (Bowlby, 1960, b). Estos trabajos, junto al que había presentado en junio de 1957 sobre ‘La naturaleza del vínculo materno-infantil’, constituyeron el embrión de los tres volúmenes de su teoría del apego, que fue en gran medida un logro cimentado en su constancia en el trabajo grupal.

Al regresar a Londres después de su año sabático, y con vistas a reunir la mayor evidencia posible para validar su incipiente teoría del apego, Bowlby creó un nuevo grupo multidisciplinar, inspirado en los métodos de trabajo del grupo de estudio de la OMS. El nuevo grupo se reunió regularmente en la Clínica Tavistock de 1959 a 1965. Contó con un distinguido grupo de científicos, psicólogos, etólogos, investigadores y clínicos como Mary Ainsworth, Anthony Ambrose, Jack Gewirtz, Harry Harlow, Robert Hinde, Thelma Rowell, Harriet Rheingold, Rudolf Schaffer, Theodore Schneirla, Peter Wolff, Heinz Prechtl y otros.

Una vez más, el trabajo de grupo fue fundamental para que Bowlby (1969, 1973, 1980) desarrollara su creatividad. Durante los próximos 15 años, escribió su trilogía sobre ‘El apego y la pérdida’. Para completarla, Bowlby reunió más de 50 años de estudio, investigación, práctica clínica y múltiples colaboraciones. El primer volumen, ‘Apego’, fue publicado en 1969; el segundo volumen, ‘Separación: ansiedad e ira’ en 1973; y el tercer volumen, ‘Pérdida: tristeza y depresión’, en 1980.

Bowlby (1969, pp. 179-180) destacó que todos los instintos, incluyendo el apego, han surgido y se han preservado a través del proceso de selección natural. De este modo, conceptualizó el apego como un elemento esencial para nuestra sociabilidad, grupalidad y supervivencia:

“La conducta de apego es considerada como una clase de comportamiento social… Los sistemas de comportamiento de apego se desarrollan en el niño como resultado de su adaptabilidad evolutiva en la interacción con su entorno… El ser alimentado tan sólo juega una pequeña parte en el desarrollo del apego”.

Sobre el apego al grupo, Bowlby (1969, p. 207) escribió lo siguiente:

“Durante la adolescencia y la vida adulta buena parte de la conducta de apego se dirige comúnmente, no sólo a personas ajenas a la familia, sino también hacia grupos e instituciones aparte de la familia.
La escuela, la universidad, un grupo de trabajo, un grupo religioso o un grupo político pueden llegar a constituir para muchos una figura de apego subordinada, y para algunos una figura de apego primaria.
En tales casos, parece probable que el desarrollo del apego al grupo esté mediado, al menos en un principio, por el apego a una persona que ocupa una posición destacada dentro del grupo”.

El poder del apego al grupo en situaciones límite:

Habitualmente, el niño comienza su historia de apego con la madre (o figura materna), el padre y el grupo familiar. En función de las primeras experiencias de apego con figuras cercanas, cada individuo va desarrollando la capacidad de formar apegos con otros grupos, sean de carácter escolar, deportivo, laboral, religioso, terapéutico, social o político. Pero hay circunstancias en las que el peligro o la amenaza a la supervivencia es de tal calibre que el grupo se convierte en la única posibilidad de apego.

En su autobiografía ‘El largo camino hacia la libertad’, Nelson Mandela (1994) confesó que no habría podido sobrevivir durante 27 años en prisión si no hubiese pertenecido a un grupo de compañeros, que luchaban juntos contra el ‘apartheid’. El grupo le hizo más fuerte y resuelto a seguir luchando por la libertad. Para una persona sola habría sido extremadamente difícil, si no imposible, resistir la supresión política y personal a la que estaban siendo sometidos.

A pesar de las pésimas condiciones de la cárcel, los miembros del grupo de Mandela se apoyaron unos a otros; compartieron cada noticia, preocupación o descubrimiento. Aunque no todos tenían la misma capacidad de resistir, en este grupo los más fuertes cuidaron de los más débiles. El apego al grupo fue clave para la supervivencia de todos.

En 1987, Bowlby me ayudó a crear y desarrollar un programa de psicoterapia de grupo para niños institucionalizados que habían sufrido abusos, abandono y otras experiencias traumáticas. Me dijo que el apego que algunos niños establecen con sus hermanos y sus compañeros, en un grupo paritario, puede ayudar a compensar las consecuencias negativas de las experiencias traumáticas y la ausencia de figuras de apego primario.

De hecho, en una de nuestras sesiones de supervisión, me dijo que el apego al grupo puede ser esencial para la supervivencia en circunstancias extremas. Para ilustrarlo, me recomendó un artículo extraordinario de Anna Freud, a quien apreciaba y con quien siempre se mantuvo en buenos términos. El artículo, titulado ‘Un experimento de educación grupal’ (Freud & Dann, 1951), es un relato espeluznante sobre la tragedia de un grupo de seis niños judíos (tres niños y tres niñas) sobrevivientes del holocausto.

Estos niños nacieron entre diciembre de 1941 y octubre de 1942. Todos ellos quedaron huérfanos durante el primer año de sus vidas, cuando sus padres fueron asesinados por los nazis en las cámaras de gas. Los seis niños pasaron más de dos años juntos en el campo de concentración de Tereszin, conocido como de tránsito hacia la muerte.

Estos niños habían llegado a Tereszin por separado, cada uno a las pocas semanas de la muerte de sus padres. Allí fueron puestos juntos y así permanecieron hasta ser liberados por los rusos en la primavera de 1945. Fueron encontrados en situación agónica. Los rusos los trasladaron a un castillo checo donde, sin ser separados unos de otros, recibieron cuidados especiales hasta su llegada a Inglaterra en agosto de 1945. Los niños pasaron dos meses en Windermere, mientras se decidía su futuro.

El plan original era que los seis niños fuesen criados en un orfanato en los Estados Unidos. Pero el plan cambió y los estadounidenses proporcionaron fondos para costear un programa de rehabilitación terapéutica en Inglaterra, durante un año. En octubre de 1945, las autoridades inglesas consiguieron para este proyecto el alquiler de una casa de campo, ubicada en un entorno tranquilo y silencioso, cerca de un bosque llamado ‘Bulldogs Bank’, en West Hoathly (Sussex), a unos 100 kilómetros de Londres.

Anna Freud fue designada para dirigir el proyecto y llevó con ella a buena parte del personal que trabajaba en su clínica infantil de Hampstead, en el Noroeste de Londres. Inicialmente, los niños se mostraron muy hipersensibles, inquietos, agresivos y difíciles de manejar. Destruían los juguetes y respondían con fría indiferencia, incluso con hostilidad activa, a los intentos de los adultos de ofrecerles afecto y cuidados.

Resultó imposible tratarlos individualmente. Se comportaban como un grupo de compañeros muy compacto que se mantuvo unido en todo momento. Cada uno de ellos demostraba con su comportamiento tener una fuerte necesidad de aferrarse al grupo:

“Los sentimientos positivos de los niños se manifestaban exclusivamente hacia miembros de su propio grupo. Era evidente que sentían una profunda preocupación los unos por los otros, y no parecían preocuparse por nadie más ni por ninguna otra cosa. No tenían otro deseo que estar juntos y se enojaban mucho cuando se les separaba del grupo, aunque fuera por un breve instante.
Ningún niño aceptaba permanecer en el piso de arriba mientras los otros estaban en el piso de abajo, o viceversa, y ningún niño quería ir a caminar sin los demás. En ese tipo de situaciones, el niño separado del grupo preguntaba constantemente por los otros niños mientras que todos en el grupo preguntaban sin cesar por el niño ausente” (Freud & Dann, 1951, p. 131).

Los terapeutas y cuidadores estaban sorprendidos por este comportamiento y tomaron notas regulares del mismo en un diario de trabajo, supervisado por Anna Freud. Como ejemplo adicional sobre la naturaleza de las relaciones de estos niños, entre ellos mismos, escribieron lo siguiente:

“El apego que mostraban los niños entre sí era completamente inusual y se vio confirmada por la ausencia casi total de celos, rivalidades, envidias y competiciones entre ellos, algo que normalmente suele aparecer entre hermanos y hermanas o entre niños que forman parte de un grupo de contemporáneos y que provienen de familias normales.
No hubo necesidad de instarles a que se respetaran unos a otros y a que aprendiesen a ‘turnarse’; lo hacían espontáneamente…” (Freud & Dann, 1951, pp. 133-134).

Sin embargo, hubo algún comportamiento observable que se desvió de ese patrón ‘armónico’. Por ejemplo, la discriminación de una de las niñas, por parte de las otras dos niñas. Resulta que la niña discriminada no había podido comenzar el programa terapéutico con el resto del grupo por culpa de una infección.

En algún momento a mediados de 1946, casi nueve meses después de iniciado el programa terapéutico, otra de las niñas comenzó a expresar sentimientos de envidia y de celos. Pero este tipo de comportamiento fue una excepción. En concreto, esta niña era la única persona del grupo que había tenido una breve relación de apego con una figura materna adulta, con anterioridad de su traslado al campo de concentración de Tereszin.

Durante las comidas, los niños se mostraban más interesados en que los otros niños comiesen que en su propia comida. Siempre insistían en que todos recibiesen los mismos alimentos. En los tres primeros meses (de octubre a diciembre de 1945), no hubo incidentes de enfrentamientos o de peleas de carácter físico entre los niños. Sí hubo algunas discusiones verbales entre ellos, ocasionalmente con algún insulto. Si uno de los cuidadores trataba de intervenir, el grupo se unía y todos los niños se enfrentaban hacia el cuidador y le gritaban.

Por otro lado, si los adultos intentaban ponerles límites o sujetarles en alguna excursión, para mantener su seguridad (por ejemplo, caso de tener que cruzar alguna carretera), se volvían muy agresivos contra ellos y a veces los golpeaban para que los dejasen sueltos.
En la primavera de 1946, después de las discusiones verbales, hubo alguna pelea física aislada entre los propios niños, algo que no es inusual a esa edad. A partir de julio 1946, las expresiones de agresividad física y verbal hacia los cuidadores se redujeron mucho.

En las etapas iniciales, los niños percibían a los adultos que los cuidaban como extraños e intentaban evitarlos. No exhibían con ellos los usuales comportamientos de apego que suelen desplegarse en la infancia. Esto contrastaba fuertemente con la conducta habitual que los niños de su edad tienden a mostrar. En el otoño de 1946, hubo un cambio significativo: estos huérfanos comenzaron a tratar al personal de manera similar a cómo ellos, los propios niños, se trataban entre sí. Comenzaron a pedir a los adultos que se turnasen en sus actividades y que tuviesen raciones alimenticias equivalentes a las que ellos tenían.

Este cambio indicó que los niños empezaban ahora a ‘incluir’ al personal como parte del grupo y tenían la expectativa de que respetaran sus reglas. Ciertamente, los adultos ya no eran vistos como enemigos o forasteros, y los niños comenzaron a establecer cierto vínculo afectivo con ellos. Sin embargo, durante el tiempo restante del proyecto terapéutico, estos lazos de los niños con los adultos de ninguna manera alcanzaron la intensidad de los vínculos que los niños tenían entre ellos mismos.

Estos huérfanos habían sido severamente privados del desarrollo social temprano que habitualmente tiene sus orígenes en los apegos a la madre y al padre. Se presentaron con un perfil muy inusual y desigual. Por un lado, todos ellos eran emocionalmente y conductualmente inmaduros y perturbados. Por otro lado, mostraban cualidades que normalmente aparecen a una edad más avanzada, como la empatía, el sentimiento de justicia y la preocupación por los demás.

El comienzo de este proyecto terapéutico fue muy difícil. En las primeras etapas, los niños no utilizaron los juguetes que les ofrecían sus cuidadores, ni ningún otro material lúdico. En cambio, dañaron muebles, destruyeron juguetes y mostraron gran hostilidad hacia los adultos. Los cuidadores y los terapeutas fueron pacientes, comprensivos y consistentemente atentos.

Esa dinámica fue útil y, junto con el apoyo del grupo paritario y la quietud del entorno, contribuyó al desarrollo de un clima emocional propicio para ir superando gradualmente el horrible trauma que les había llevado hasta allí. Poco a poco, los niños empezaron a usar muñecos de peluche, a jugar con la arena y, a medida que se iban interesando más en el mundo de los adultos, también adquirieron un apetito por la lectura y la escritura.

Hacia el final del proyecto, el comportamiento y las emociones de los niños fueron más acordes con lo que normalmente se considera apropiado para su edad. La continuidad del apego al grupo, el entorno favorable y la calidad de la atención del personal permitieron a estos huérfanos formasen nuevos apegos, menos ansiosos, y encontrar una senda de desarrollo más equilibrado. El ritmo de su progreso se aceleró. Recuperaron la capacidad de aprender y nivelaron en gran medida su desarrollo psicosocial, que hasta entonces había sido muy irregular.

Estos niños mostraron que, cuando la supervivencia está en juego, el grupo se puede percibir como más fuerte, más sabio y más capaz de lidiar con el mundo, como una base segura. Para estos niños el apego al grupo los salvó de la muerte psíquica. En el grupo paritario desarrollaron una capacidad de cuidado mutuo y de protección psicológica. A diferencia de otros casos de privación severa, estos huérfanos de Tereszin no se volvieron deficientes, ni delincuentes, ni psicóticos. Se agarraron a lo único que les quedaba disponible para sobrevivir. El grupo fue su tabla de salvación.

Conclusión

La teoría del apego nació gracias al trabajo grupal continuado de Bowlby durante toda su vida profesional. Entre sus premisas fundamentales cabe destacar que el instinto de apego es la base de nuestra sociabilidad y grupalidad, y que el apego al grupo es esencial para sobrevivir y crecer como personas.

Los seres humanos tienen distintas capacidades y responden de manera diferente a situaciones extremas. En circunstancias excepcionales, es posible que el apego a un grupo paritario pueda establecerse en ausencia de relaciones de apego previas con padres o con otros adultos, como una estrategia desesperada de supervivencia.

Referencias Bibliográficas

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