EVOLUCIÓN Y MENTE, LA MADRE Y EL PROGRESO

Víctor Ortega Zarzosa.

Médico Psiquiatra. Vitoria (Álava)

La hembra es el modelo base de los seres vivos y el macho es una variante derivada aleatoriamente, importante para posibilitar el intercambio genético que facilita una mejor adaptabilidad, dada la inestabilidad del medio natural. La reproducción asexual, menos complicada, es menos adaptable a los cambios, menos evolutiva por tanto.

En nuestra especie la madre es el modelo base y sin duda la evolución sigue dependiendo fundamentalmente de las hembras. Se habla de la selección natural, adaptabilidad al medio, y de selección sexual como variante específica de la evolución, por ejemplo el tamaño del pene humano en relación al de nuestros primos los simios, tiene que ver posiblemente con que a partir de la aparición en la mente de la idea de padre, la pulsión reproductiva marcó la tendencia general, sin embargo y por ejemplo, quedando empatadas la tendencia a los pechos grandes, mayor atractivo secundario, con la de pechos pequeños, mejor alimentación de la prole.
La hembra humana además de más completa que el macho, una variante menos compleja en sus atributos femeninos de mamífero, disponía de dos ventajas preferentes adicionales en su rol dentro de los grupos, ser o no consentidora con los pretendientes y un plus de dominio sobre los hijos por su especial vinculación durante el embarazo y la lactancia, reconocimiento de la descendencia por línea materna que el patriarcado vino a complicar, al aparecer la idea de padre en la mente, de la misma forma que del simple mundo de los espíritus reencarnables por el cuerpo de las mujeres, se pasó a pensar en la otra vida en el más allá, como teoría sustitutoria de la negación de la muerte definitiva.

El macho se atendía a sí mismo en lo posible y como mucho podía estar dispuesto a compartir con la hembra consentidora ocasionalmente, no tenía un empleo estable en el servicio al otro hasta fin de obra, por así decir, como si la hembra, que con su esfuerzo relacional conseguía ser más centro de atención preferente de los otros, descendientes y candidatos.

Una vez superado lo peor del trauma del nacimiento, intentar atraer la atención de la madre y controlarla agudiza el funcionamiento mental contribuyendo a su organización. La frustración del segundo trauma de separación por el tabú incestuoso, la prohibición del no, rápidamente provoca en las hembras mejor dotadas como tales una identificación consoladora, pero los machos, más simples, tardamos en reaccionar, en madurar para alcanzar esa identificación. La presión hormonal empuja en diferentes direcciones.
Desde los tiempos ancestrales, lo más parecido a la función maternal es la cría y cuidados de otras especies animales, como hijos sustitutos también de los machos, imitadores del oficio o función original. Primero como mascotas o socios, lobos y de ahí perros, más tarde ganado y animales domésticos. Posteriormente la agricultura, Caín primero y luego Abel.

La madre lo es de todos los oficios y profesiones, y en cada descendiente del propio y su forma de ejecutarlo. Ella es el modelo transformador de nuestro material genético, el troquel, en su manera de acompañar y ayudar a organizar nuestra mente en el paso de la posición esquizo paranoide a la posición depresiva reparadora, para superar la envidia, inevitable mecanismo de defensa que nos permite sobrevivir y nos puede condenar en vida.
La envidia a la madre, especialmente en éste área de la relación con los objetos intermediarios, si esta nos ayuda bien a procesarla, nos sirve para adquirir habilidades reparadoras que serán los cimientos de nuestra vocación profesional, y forma de llevarla a la práctica, luego como a todo, lo intentaremos vestir de razonamiento.

La madre
¡Dios, la madre que te parió!
Ella coge el barro, el ADN, el polvo, el hardware, la chatarra, y mientras lo amasa y hornea en su vientre, empieza a imprimirte su lengua materna, su software, su alma. Cuando nacemos y durante los primeros años, ella es la que organiza nuestra mente, siguiendo la misma técnica de impresión mimética relacional, la sonrisa del tercer mes, cuando creemos reconocerla, la angustia del octavo mes, cuando tememos perderla, y el dominio del no a los quince meses, cuando nos impone su ley, el freno que nos humaniza.
Como modelo base de cualquier especie, la hembra que dispone de un ADN (XX) más completo que el macho (XY) que es una variante aleatoria, es la principal transmisora de los rasgos o mutaciones evolutivas, con su hardware genético y con su software comportamental.

Si nos diferenciamos de nuestros parientes genéticos más cercanos, los chimpancés y los bonobos, posiblemente fue porque ellas, por presión de supervivencia, fueron haciendo una selección de los machos distinta a las emprendidas por las otras parientas.

La hembra selecciona al macho por dos procedimientos, al elegirle como pareja y al criarle como descendiente. El macho más hábil y generoso y que además le sea dócil a ella como pareja, y dócil-izando a su manera al descendiente, haciéndole dependiente para servirse de él, vocación de servir a la madre.