TRATANDO LA PSICOSIS DESDE UN NUEVO ENCUADRE GRUPAL

Adolfo García de Sola Márquez

Psicólogo Clínico
U.G.C. Salud Mental. Área de Gestión Sanitaria Sur de Sevilla.
Servicio Andaluz de Salud.

Resumen

Tratamos sobre un encuadre terapéutico grupal, desarrollado en dispositivos asistenciales de Salud Pública, que utiliza determinadas técnicas relacionadas con el manejo de los estados de conciencia.
Trabajando con la psicosis, los planteamientos psicoterapéuticos más convencionales no suelen mostrar un éxito claro y la medicación, aunque pueda ayudar, no logra, normalmente, resultados óptimos y es causa, además, de efectos secundarios significativos.

En cuanto a los métodos que buscan alterar el estado de conciencia con un propósito terapéutico, tienen una larga y extensa historia a través de diversas culturas, con enfoques muy diferentes, algunos discretos en su fenomenología y otros más espectaculares, y con distintos grados de profundización en el trabajo de trance utilizado.

Estudiar estas experiencias nos lleva a plantear nuestros grupos desde puntos de vista peculiares en cuanto a lo práctico y a lo teórico. Por otra parte, la literatura ha demostrado que terapeutas con una larga experiencia, tienden a tener buenos resultados al utilizar técnicas alternativas cuando actúan con personas afectadas de psicosis.

Nuestras intervenciones son flexibles, sin que ello signifique que no se siga cuidadosamente el desarrollo de la sesión, las sugerencias de quienes participan y el ritmo que marcan. Para ello es esencial mantener una escucha constante.

En los grupos utilizamos algunas líneas que ayudan a abrir el camino a otros estados de conciencia diferentes a los normales; por ejemplo, los sueños o el revivir los sentimientos experimentados en el momento en que alguien alucina o delira. También es efectivo recordar y reavivar situaciones en las que alguien se siente especialmente bien, o hacer entrar y salir de los diversos estados que se experimentan mientras se desarrolla la inducción, etc.

En nuestro enfoque, el concepto de Disociación es fundamental para la comprensión y el manejo de los estados de conciencia como instrumento terapéutico, sobre todo por lo que tiene que ver con los procesos de Atención y Concentración.

Palabras clave: Estados de Conciencia, Inducción, Disociación, Psicosis.

Reflexiones teórico-prácticas

Una sala vacía, en penumbra. Varias sillas descolocadas ocupan el espacio. Puede haber otros elementos, pero no son necesarios: quizás una mesa a un lado, alguna estantería, cuadros, un sofá, un sillón… Una o dos ventanas con las persianas medio bajadas. Se abre el telón, o la puerta, en nuestro caso, y comienzan a entrar diferentes personajes, hombres y mujeres de distintas edades, cada uno de ellos con historias largas y complejas, personas que en un momento dado se han acomodado a un modo de vida que, sin embargo, no les satisface demasiado, o que siguen perdidas en extraños pensamientos y modos de ver la vida de los que no encuentran escapatoria o no quieren encontrarla a causa de motivos oscuros.

Esto no quiere decir que hubieran podido pasar ‘a escena’ otros personajes con vidas ricas, acostumbrados a navegar por diversos mares y ríos caudalosos donde buscan y encuentran islas inesperadas u orillas de césped verde, o quizás azul…

Porque nuestros grupos empezaron a funcionar desde el juego que nos daban las diversas psicosis de quienes tratábamos, pero posteriormente hemos visto que son un fértil encuadre para tratar otro tipo de trastornos de los llamados neuróticos, o de personalidad, o para plantear nuevos retos y metas a personas que se sienten más o menos satisfechas con el trayecto vital que han decidido seguir, es decir, de las que solemos denominar como “sanas” (dentro de lo que cabe), pero “buscadoras”.

El grupo comienza con instrucciones para que cada cual se coloque donde quiera, busque un lugar determinado, sentándose, manteniéndose de pie, tumbándose en el suelo, en movimiento o no, con los ojos abiertos o cerrados… Lo importante es sentirse confortable, buscar siempre una mayor comodidad, un mínimo cambio corporal que pueda llevar a hallarse mejor, con una mayor relajación o sosiego…

Medio en serio, medio en broma, se indica: Este es el único grupo donde alguien puede dormirse y no pasa nada… pero en realidad no te duermes, sigues escuchando, de alguna manera no pierdes la atención… También puedes tener un sueño, en esa frontera de la vigilia, del dormitar o no, y si lo tienes, cuéntalo, vamos a escucharlo… qué sientes, cómo te encuentras… Tampoco hay obligación de comunicarlo a las demás… lo que quieras, siéntelo…

Las palabras que utiliza quien ejerce como terapeuta nunca son las mismas, se adaptan a lo que empieza a ocurrir, porque enseguida aparecen situaciones y, si no es así, se busca que lo hagan: Muévanse, cambien de lugar, seguramente les salga el impulso de hacerlo aunque no lo ejecuten; las instrucciones que les estoy dando no son muy comunes y puede costar que vaya desplegándose esa sensación de libertad en cuanto a moverse, en cuanto a decir lo que se viene a la cabeza, sin pensar si es correcto o no, si está contextualizado o son ideas que aparecen sin saber muy bien por qué… a lo mejor hasta hablar del tiempo podría ser un buen comienzo…

La luz disminuida ayuda a que todo vaya ocurriendo y fácilmente se transmite ese participar mutuo en cuanto alguien rompe la tensión del principio.

La única regla que se da al grupo es que cuando alguien habla, el resto debe esperar a que esa persona termine sus palabras para intervenir después. Esta regla rompe la manera en que acaecen los diálogos en la vida común, donde quienes intervienen pueden cortar las frases de quien conversa, acabar por su cuenta lo que otro dice, darse conversaciones paralelas… Y esto también ayuda a cambiar el ‘tempo’ cotidiano, lo cual ya ha empezado a ocurrir mediante las instrucciones previas del comienzo de la sesión.

Este manera de empezar, que parece discreta y suave, enseguida crea un clima en el que vemos acaecer situaciones sorprendentes. Algo que nos llamó la atención desde el principio de los grupos, fue que transcurrían sesiones enteras sin que personas con trastornos crónicos y con delirios activos, hablaran sobre éstos. Las conversaciones se hacían mucho más cotidianas, bromeaban, se desarrollaban situaciones interpersonales complejas, hablaban de su pasado, de sus antiguas actividades laborales, de su infancia, de sus familias, de sentimientos genuinos. E incluso si comentaban sobre sus ideas delirantes o alucinaciones lo hacían desde otro lugar, como si los vieran desde fuera, con una objetividad que sorprendía. Lo interesante es que este tipo de conversaciones no solían darse de manera espontánea en la Comunidad Terapéutica donde trabajamos, antes del comienzo de los grupos.

Además, el sentimiento predominante durante las sesiones era de tranquilidad, de distensión y, aunque pudieran ocurrir situaciones complicadas, alguna discusión, alguien que expresaba un malestar profundo o un enfado, tales intervenciones se toleraban con otra actitud.

Lo que estaba ocurriendo tenía que ver, a mi parecer y al de diferentes profesionales que han participado en los grupos, con la libertad de expresión, con la tranquilidad que puede sentirse ante la no crítica, quizás con “el libre albedrío” como decía una compañera, y con la atención flotante que predomina en el ambiente de nuestros grupos. En las sesiones tienen cabida conversaciones totalmente triviales, monólogos, risas, canciones, suspiros, el silencio activo o pasivo, la dramatización, la improvisación, el desarrollo de acciones premeditadas, los sonidos sin sentido aparente… Y todo esto lleva, de manera bastante inmediata, al “sentido común”, al “sentimiento común”, a una alta capacidad de escuchar a los demás y de interesarse por sus discursos, por lo que cada cual vive o ha vivido.

Las técnicas utilizadas en los grupos se basan en las que durante siglos han desarrollado personas dedicadas esencialmente a la curación o al replanteamiento de situaciones tanto individuales como sociales, métodos en los que incidir en cambiar los estados de conciencia es primordial. Hablamos de técnicas empleadas por chamanes y curanderos o curanderas tradicionales, pero también nos referimos a todo el cuerpo de conocimiento desarrollado por las teorías y la práctica de la hipnosis clínica y de algunas escuelas de psicoterapia donde el cuerpo y la espacialidad toman especial importancia. Aunque se den explicaciones muy diferentes, enraizadas en la cultura en que se desarrollan tales actuaciones, lo que se promueve siempre, de una manera más o menos explícita y consciente, es un descuadre del modo de ver los acontecimientos que rodean a la persona o al grupo, o incluso de percibirse a sí mismo o a los demás, permitiendo este movimiento mental una reevaluación de la situación y de las conductas factibles dentro de tal situación. Es decir, alguien atrapado o atrapada en un momento personal y social que produce malestar, encuentra una posibilidad de respuesta que le hace desenvolverse de otra manera y cambiar su situación vital y la percepción de ésta.

La flexibilidad de nuestros grupos permite utilizar diversas herramientas de acción que mantienen un proceso de inducción permanente en el que los individuos, y el grupo en sí, pasan por distintos momentos donde se desarrollan variadas escenas que tienden hacia la apertura del pensamiento y de la acción y a la consideración de nuevas alternativas ante nuestro propio sufrimiento y manera de estar en el mundo, incluso replanteando una noción de realidad estereotipada que puede estar haciendo la propia existencia más complicada de lo que ya lo es por sí misma.

El papel de la persona que ejerce como terapeuta es muy activo, pues debe estar siempre atenta al devenir grupal, al material que se presenta desde los diversos niveles de comunicación implicados en una situación colectiva. Podríamos decir que su principal tarea es abrir constantemente nuevas posibilidades de comunicación interna y relacional, aumentar el campo percibido sobre un problema en particular, sobre las diferentes significaciones que puede tener lo traído a escena, a la sesión terapéutica.

Si utilizo palabras referidas al teatro es porque me parece una imagen muy esclarecedora de lo que ocurre en el espacio mental del sujeto, pero también en el grupo, proyección en muchos momentos de situaciones internas recurrentes. Como lo explicaba C. Tart, estado de conciencia es “todo lo que está en la mente de una persona en un momento determinado. Un momento dinámico o configuración de las estructuras psicológicas”. Esa configuración se crea a través de la emergencia e interacción de varios elementos que entran y salen continuamente en el escenario que supone la conciencia y que influyen, como un cristal coloreado o como un prisma de cristal, en la visión e interpretación de lo que nos rodea y de lo que situamos dentro del sí mismo. Estos elementos-personajes se afectan mutuamente y se muestran jerarquizados en cuanto a la presencia e importancia que mantienen temporalmente en la escena.

Si detectamos tales elementos, nos será más fácil manejarlos, saber cuándo entran o salen de esa escena o incluso invitarlos a que actúen o hagan mutis en un momento concreto. Así podremos conocerlos mejor y aumentar o disminuir su influencia en nuestra propia percepción o en la de lo que nos rodea.

El terapeuta o la terapeuta, también han de entrar en un estado parecido al que se invita a los demás miembros del grupo: por eso te mueves, te sientas, te levantas, escuchas tu propia espontaneidad, aunque a la vez no dejas de adaptar lo que digas a la función terapéutica y cuidadora, que siempre debe estar ahí. Así, la propia percepción de las situaciones que emergen se hace más abierta y aumenta la habilidad para tener en cuenta diversos niveles de comunicación verbales, corporales y espaciales.

Creo que el límite temporal es esencial: quienes participan han de saber que se empieza a una hora determinada y se finaliza puntualmente. Esto provee de un marco concreto donde se desarrollará toda la acción, lo cual se convierte en elemento contenedor del encuadre grupal. Si sumamos a ello la consigna de esperar a que quien se esté expresando termine de hacerlo antes de que participe otra persona, nos encontramos con las dos premisas que constituirían los ejes delimitadores principales de dicho encuadre.
En ocasiones y, dentro de la dinámica emergente, el grupo puede dividirse en subgrupos que funcionan durante un tiempo de manera autónoma. Por ejemplo, dos personas se ensalzan en una charla mutua ante la mirada más pasiva de los demás y continúa más bien por el interés especial que tienen ambas que por el colectivo. Es interesante y podemos separar a estos dos sujetos para que continúen con ella, mientras el resto trata otro tema paralelo. Incluso se puede hacer un cierto transvase y que a ese pequeño grupo de dos se sume alguien que mostraba un cierto interés o que pensemos, como terapeutas, que podría aportarle algo. Usualmente, volvemos posteriormente al grupo grande, en el cual puede explicarse la situación surgida si se viese conveniente.

Comparo el funcionamiento dividido del grupo con situaciones mentales donde ocurren simultáneamente procesos de pensamiento y emocionales de manera disociada y que a la vez se influyen mutuamente hacia el “resultado final” de la conciencia vivida. Tener en cuenta estos procesos paralelos es también una manera de aceptar partes ocultas de lo mental que casi no podemos reconocer pero que elicitan a su vez nuestros sentimientos y comportamientos externos.
Estas son solamente algunas de las reflexiones a las que puede dar lugar el trabajo continuado con nuestros grupos y los marcos teóricos en que se basan nuestras maneras de hacer como terapeutas. Podría continuarse de manera ilimitada y, cada día, además, encontramos más referencias que aumentan las posibilidades de trabajo sobre estos grupos. Esto lo facilita el propio encuadre que hemos desarrollado. Desde septiembre de 2011, fecha de su comienzo, se han realizado cientos de sesiones, en grupos pequeños, medianos, grandes, tratando patologías diversas o en contextos de formación. Pero algo que no queremos dejar de señalar, antes de finalizar, es la importancia teórica y práctica del concepto de Atención: en qué está puesta la atención, hacia dónde se dirige, de dónde se aparta, en qué se concentra la persona que actúa como participante, a qué atiende quien ejerce como terapeuta. La atención ilumina o ensombrece personajes y partes de la escena, enaltece o aclara, da la voz cantante o hace callar. Determinar el punto de atención y vislumbrarlo es tarea esencial del terapeuta o la terapeuta y orienta el importante proceso psicoterapéutico que sigue un grupo de personas unidas en un tiempo y un espacio vitales.

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